Javier Euba & Daniel Morales, fundadores de Moruba

13 de mayo de 2026

Moruba

«El reto está en que muchas empresas sigan viendo el diseño como algo estratégico y no solo estético»

Moruba empezó en 2008 y se ha convertido en un estudio de diseño de referencia en el mundo del vino. Su trabajo ha sido galardonado en diferentes festivales nacionales e internacionales como Cannes, Red Dot, One Show, D&AD, ADCE y Laus.

¿Cuántos años hace que crearon Moruba? ¿Hasta qué punto ha cambiado el diseño de packaging en este tiempo?

Moruba nace en 2008 como un estudio de diseño gráfico para hacer proyectos creativos. Los primeros proyectos de packaging para vino que realizamos tuvieron una gran difusión y recibieron varios premios, lo que hizo que comenzaran a llegar más encargos relacionados con el sector vinícola. De forma natural, esto nos llevó a especializarnos en este ámbito, donde realmente nos sentimos cómodos.

En estos casi 20 años, el packaging ha evolucionado al mismo ritmo que el mercado. En el caso del vino, hemos visto cómo ciertos proyectos más creativos, que funcionaban muy bien en 2010, hoy ya no son tan aceptados. Al mismo tiempo, diseños más clásicos, de los que entonces se huía buscando una mayor ruptura, han vuelto a cobrar fuerza y están plenamente vigentes.

También ha cambiado la forma de entender el packaging: antes se veía más como el “vestido” del producto, mientras que hoy tiene un valor mucho más estratégico. No solo debe atraer, sino también transmitir la identidad de la marca, conectar con el consumidor y diferenciarse en un mercado cada vez más competitivo.

Las nuevas tecnologías, ¿son una ayuda para personalizar las propuestas? ¿Son más “analógicos” o apuestan por la IA?

Somos bastante analógicos, porque entendemos que diseñar es, sobre todo, pensar. Nuestro trabajo no consiste únicamente en ejecutar una pieza visual, sino en encontrar una idea, construir un concepto sólido y darle sentido a cada proyecto.

Las nuevas tecnologías, incluida la IA, pueden ser una ayuda en determinadas fases del proceso, pero la parte realmente importante —la estrategia, la creatividad y la toma de decisiones— no se puede delegar. Ahí está el valor de nuestro trabajo.

Están especializados en el mundo del vino. ¿Qué características diferenciales tiene diseñar para este sector?

La especialización exige conocer muy bien el sector en el que trabajas. En el mundo del vino esto es todavía más evidente, porque no se trata solo de diseñar una etiqueta, sino de entender todo lo que hay detrás: el origen, la historia, el territorio, el posicionamiento y el consumidor al que va dirigido.

Estamos en La Rioja, donde el vino forma parte del día a día. Nos interesa no solo como producto, sino por todo lo que representa: cultura, territorio, gastronomía, compartir. Todo eso forma parte de nuestra manera de entenderlo y se ha construido con la experiencia.

Después de casi 20 años y más de 300 proyectos, esa trayectoria nos da una visión muy clara de cómo abordar cada brief. Cada vino necesita su propio lenguaje visual, capaz de transmitir personalidad y diferenciación en un mercado muy competitivo.

¿Es difícil ser innovador en un sector tan tradicional?

Cada día es más difícil innovar en un mercado tan saturado, con muchas marcas y donde la diferenciación es, a veces, mínima.

La innovación no debería ser un objetivo en sí mismo, sino responder a una necesidad real del cliente. No todas las marcas tienen que ser disruptivas; cada una debe entender qué papel quiere jugar.

Hemos tenido proyectos como MATSU en 2008 que en su momento fueron innovadores y siguen plenamente vigentes casi 18 años después. Eso demuestra que la innovación no siempre está en lo más llamativo, sino en construir conceptos sólidos y coherentes en el tiempo.

Por eso es clave entender bien al cliente y que el cliente también sepa qué tipo de marca necesita construir.

¿Cambia mucho si se trata de un vino joven, crianza o sin alcohol?

Cada proyecto es único, no solo por el tipo de vino, sino sobre todo por el público al que se dirige.

Un vino joven puede plantearse como un producto sencillo para consumo en bodega o como un vino con un concepto mucho más trabajado, pensado para wine bars en grandes ciudades.

El producto puede ser el mismo, pero el enfoque cambia completamente en función del posicionamiento.

¿Qué es más determinante: papel, color, tipografía, ilustración…?

Lo más determinante es la idea. El concepto es lo que sostiene todo el diseño.

Los materiales, el color o la tipografía no son decisiones aisladas, sino que responden siempre a un “por qué”. Cuando ese porqué está claro, todo encaja. Si no, algo no funciona en el proyecto.

¿Creen que el consumidor muchas veces compra un vino por su etiqueta?

Elegir un vino es complejo y requiere conocimiento. En un mercado tan saturado, tomar una decisión informada no es fácil.

La etiqueta juega un papel importante: debe atraer, llamar la atención y al mismo tiempo ser coherente con el producto y ayudar al consumidor a entender qué hay detrás. No se trata solo de apariencia, sino de orientación.

¿Tienen en cuenta criterios de ecodiseño?

Sí, es algo imprescindible hoy en día.

Se trabaja desde muchos frentes: papeles reciclados, tintas, reducción de materiales o envases más ligeros. Incluso en algunos mercados ya hay normativas que limitan ciertos elementos.

El reto está en equilibrarlo con las nece­sidades del proyecto, pero cada vez es un criterio más integrado en el proceso de diseño.

¿Para qué otros sectores trabajan?

Trabajamos principalmente para el sector gastronómico y del vino, tanto en alimentación como en restauración. Hemos desarrollado proyectos para aceites, quesos, cervezas y otros productos gourmet.

También trabajamos en branding para hostelería, donde la marca es clave en la creación de experiencias, como en Fandango y Bollo en Formentera o Plaza Mahou en el Santiago Bernabéu.

¿Pueden hablarnos de dos de sus últimos proyectos?

Terramoll, en Formentera, es un proyecto vinícola de Vintae situado en La Mola. Hemos desarrollado la identidad visual y el packaging, buscando trasladar el espíritu de la isla a través del color y las composiciones. Las ilustraciones cenitales funcionan como postales abstractas del paisaje.

Otro proyecto es 52–60, de Abel Mendoza, donde el concepto de interpretar el viñedo se traduce en la etiqueta a través del tempo de un adagio clásico. Es un vino que nace de parcelas centenarias en Labastida, dentro de la DOCa Rioja, y que habla de tierra, tiempo y respeto.

¿Qué representan los premios para Moruba?

Los premios han sido muy importantes, especialmente al principio, porque nos ayudaron a posicionarnos y a ganar visibilidad en el sector del vino. Fueron una puerta de entrada a muchos proyectos.

Más allá del reconocimiento, también ayudan a poner en valor el diseño y a que los clientes entiendan su importancia dentro de los proyectos. No son solo un premio, sino una herramienta que abre puertas y genera oportunidades.

¿Qué opinan del diseño en España?

El nivel de diseño en España es muy alto, con grandes profesionales y proyectos reconocidos internacionalmente. No tenemos nada que envidiar fuera.

El reto está en que muchas empresas sigan viendo el diseño como algo estratégico y no solo estético. Falta cultura de diseño y entenderlo como una inversión, no como un coste.

¿Están trabajando en algún nuevo proyecto?

No podemos avanzar demasiado, pero sí podemos decir que estamos trabajando en varios vinos blancos.

Es un momento interesante para este tipo de vinos y se está notando en los proyectos que estamos desarrollando.

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